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Mis años de ‘Fotogramas’

Poco podía imaginar, aquella mañana de abril de 1981, en que me disponía a ofrecer a Elisenda Nadal, directora de Fotogramas, un reportaje sobre la moda en Hollywood, que acabaría trabajando en esa redacción durante más de veinticinco años.

Fotogramas era la revista indispensable para todo aficionado al cine. Reunía información, cotilleos, textos de calidad y nostalgia. Yo la empecé a leer al terminar mi servicio militar y nunca más dejé de comprarla. A finales de los años sesenta se convirtió en lo más parecido a una revista de tendencias. Ofrecía un atractivo reflejo de la gauche divine barcelonesa, organizaba viajes al extranjero y constituía el adalid de la modernidad.

Marisol en una de las portadas (Fotogramas) Con la relajación –y posterior desaparición– de la censura comenzó el fenómeno del destape. Todas las actrices españolas se peleaban por aparecer más o menos desnudas en sus páginas –fotografiadas con sofisticación por José M.ª Castellví– y la revista, entonces semanal, conoció su época más comercial. Sol Alameda, Rosa Montero y Maruja Torres firmaban entrevistas tan modélicas como divertidas, Terenci Moix daba rienda suelta a sus obsesiones, Margarita Rivière realizaba ilustraciones pop para sus reportajes y Jaume Figueras animaba el consultorio más cinéfilo bajo el seudónimo de Mr. Belvedere. Hasta que llegó Interviú y empezó a pagar por los posados. Fotogramas se resintió económicamente y empezó a decaer. En mayo de 1980, tras una portada con Miguel Bosé, la revista cierra para sorpresa de sus lectores. Y renace, en febrero de 1981, cuando Elisenda Nadal y su marido Jesús Ulled la compran a los padres de aquella.

Las entradas en la redacción de Elisenda Nadal eran como las de Meryl Streep en ‘El diablo viste de Prada’

Cuando me entrevisto con Elisenda, me ofrece incorporarme –a media jornada– a la menguada redacción. Dudo en aceptar la proposición, pues me horrorizaba la idea de trabajar en un puesto fijo, pero mi ­inestable posición profesional me ­inclina finalmente a hacerlo. En aquel entonces ejercía la crítica cinematográfica en El Noticiero Universaly en Destino y mi carrera de script languidecía al haber sido incluido en una lista negra debido a mis actividades sindicales en Comisiones Obreras.

Si digo menguada significa que la redacción la componíamos tan sólo Juan Conejo y yo, mientras un jovencísimo Antonio Ribelles hacía las veces de recepcionista, botones y encargado del archivo, amén de echar una mano en la redacción de algunos textos. Lo demás eran colaboradores.

Audrey Hepburn (.) Juan había trabajado en la etapa anterior y fue mi enlace con el histórico de la revista. Discreto, con un fino sentido del humor y dotado de un singular dominio del inglés (el Variety no tenía secretos para él), se convirtió pronto en un entrañable amigo.

La redacción de la revista se hallaba en la Rambla y a ella se acercaba semanalmente un ciego acompañado de su joven lazarillo que le explicaba –muy gráficamente– las características de la chica de la portada antes de proceder a su compra. Esto escandalizaba un tanto a la telefonista, una chica muy seria y testigo de Jehová que se negaba a mentir cuando le pedíamos que dijese que no estábamos para evitar alguna llamada fastidiosa.

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